18 febrero 2005

Insolencia

Francisco era breve de estatura pero largo en capacidad, inteligencia y principios. Que su talla le señalase entre los parroquianos, sólo le había apartado de ejercer profesionalmente los oficios comunes de cantería, albañilería, carpintería o las duras tareas del campo; porque en su casa había todo tipo de herramientas y se confeccionaba todo tipo de ingenios. Con sus preciosas manos construía muebles primorosos, complicados artilugios para solucionar los más sorprendentes problemas: semilleros, incubadoras, calefactores, fraguas, sillas, marquetería ... y hasta se daba maña para cortar y coser sus trajes con un estilo y acabado que ya quisieran lograr muchos conocidos sastres.



Era apreciado por todos por su talento , sensatez y generosidad. Sus opiniones eran escuchadas con respeto y tenidas en cuenta como si procediesen del médico, del cura o del del maestro. Francisco era requerido constantemente, de día o de noche, para dar un consejo, para poner una inyección, para redactar un testamento o para establecer un contrato de compraventa y elaborar la escritura.


Amante sobre orden y del civismo, aborrecía la falta de educación, la ingratitud y la desconsideración, y estos extremos me traen a la memoria un incidente que refería el alguna ocasión a los que le tratábamos.


Una tarde se dirigía a comprobar el estado de una propiedad que distaba algo de la aldea y al pasar por una corredoira se tropezó con Manuela, una vecina que regresaba cargada con un haz de yerba y a quien acompañaba su hijo, mozalbete de una decena de años, fuerte de complexión , rudo de modales, brutote y peleón. Añádase además pocos modales y una muy deficiente educación, no se sabe si por falta de tiempo y dedicación de su madre (aquellos eran otros tiempos) o por echarse de menos la ausencia de la figura paterna. El rapaz, al ver a Francisco sintiéndose crecido menospreció un tanto su estatura y colocando los puños en posición de ataque, le retó:

— Ven, boxea conmigo. A qué no eres capaz de ganarme.

Francisco, que sintió como se le subía la sangre al rostro, no le hizo caso, tal vez por consideración a los pocos años del mocoso o de su madre. Al no lograr su propósito el chico, se dio media vuelta y alcanzó a su madre.


Cualquiera que no fuese el mozuelo, se habría dado cuenta de que no había resultado graciosa su iniciativa y de que la persona a la que se dirigía no era de su edad ni entraba en el juego; pero los abusones nunca consiguen ver la realidad y en varias ocasiones repitió la operación. Para no desautorizar a su madre asumiendo en su lugar la tarea de reprender al chico, Francisco tuvo que soportar estoicamente las provocaciones y esquivar los ataques, actitud que le indignaba y corroía por dentro. Pero a todo santo le llega su fiesta y bastantes semanas más tardes quiso el azar que volviesen a cruzarse en el camino.


De esta vez el chivo venía sólo. Francisco esperaba que, sin el amparo de su madre, no tuviese el atrevimiento de molestarle pero no fue así; el adolescente se sentía crecido e impune en sus insolencias y volvió a lanzarse sobre él, los puños adelantados, retándole:

-Boxea conmigo a ver si me puedes.

Francisco dejó que se acercase hasta que los puños le rozasen y en una rápida reacción le propinó dos bofetones en las mejillas al mocoso que lo dejaron pálido de miedo y colorado del golpe.

- Es para que aprendas a respetar a las personas mayores. ¡ Vete ahora a decírselo a tu madre para que te eduque!

El chico al recuperarse de la sorpresa, ruborizado y avergonzado siguió su camino con paso rápido sin decir ni pío. Nunca nadie tuvo que comentar ninguna otra insolencia de este joven.

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