22 mayo 2005

SMS, E-mails, Marihuana ...

La noticia saltó a la prensa no hace muchos días distribuida pro al agencia EFE. "Según un estudio de HP, los e-mails y los sms reducen el coeficiente intelectual el doble que si se fuma marihuana".



Lo primero que nos ocurre cuando tropezamos con un titutar de estos es pararnos en él, constatar de que no nos hemos equivocado al leer; luego recorremos las palabras de la entradilla que añade "Las nuevas tecnologías son peores que las drogas" e insiste en la información dada enel titular, finalmente leemos las líneas de información y nos encontramos con una serie de datos mal estructurados que no nos aclaran demasiado los términos en que se ha desarrollado el estudio ni qué palabras expresan la tesis, aunque podemos entrever lo que probablemente se quería indicar en el comunicado.



Este podría pasar como ejemplo ilustrativo de lo peligroso que resulta que los periodistas den a conocer investigaciones y hallazgos de los científicos. El lenguaje de la ciencia no es el lenguaje de la prensa diaria. Los términos científicos pueden vulgarizarse pero por alguien que sea un científico y conozca el lenguaje de los medios de comunicación, pero no por alguien que conozca o crea conocer el lenguaje de los medios pero no tenga la suficiente formación en ciencia y en el lenguaje de las investigaciones. Porque lo que aquí se afirma es chocante para el profano atento al sentido de las palabra, un despropósito para el curioso de la ciencia y una barbaridad para cualquier investigador.


En primer lugar no son homologables los conceptos de e-mails, sms y marihuana. Los primeros corresponden a formas de comunicación y el último a un producto con propiedades psicotrópicas; por tanto los efectos de unos y otros no son comparables.


En segundo lugar, la acción de la marihuana sobre el "cociente intelectual" puede interpretarse como una consecuencia del deterioro de las neuronas a partir de los efectos del consumo regular y prolongado de esta sustancia. Es decir, que si la marihuana redujese el coeficiente intelectual sería a base de destrozar el material neurológico como efecto perverso de la toxicidad de las sustancias aportadas al organismo. El enviar e-mails o mensajes de texto breves
no incide directamente en la estructura neurológica de nuestra mente; por tanto no nos hallamos ante fenómenos comparables. Puede admitirse que esta última práctica nos lleve a la adquisición de hábitos nefastos, pero tales no se han de considerar capaces de alterar nuestra capacidad intelectual.
En tercer lugar, el coeficiente intelectual es un término complejo y mal conocido por el gran público. Se suele entender como una medida de la capacidad mental cuando en realidad es el valor estadístico de comparar la media de respuestas a unas determinadas cuestiones con la edad de los encuestados. Es decir que cuando hablamos de coeficiente intelectual no hablamos de capacidad mental —algo imposible de medir directa y objetivamente— sino del rendimiento en la ejecución de tareas en las que se presupone que intervienen las capacidades mentales.


Lo que en la jerga científica puede ser comprensible y hasta considerarse coherente, no lo es en el lenguaje de la calle; lo que para los científicos es un apunte sobre posibles cauces de atención, las gentes de la calle lo consideran una evidencia irrefutable. Y ello resulta muy grave. No es admisible salvo en un clima de alevosa manipulación hacer creer al público que es lo que no es; un interrogante que demanda aclaración como una relación establecida y contrastad. Así no es extraño que las gentes entiendan que está explicado el origen del universo cuando contamos tan sólo con una teoría y unos datos que no la refutan; que entiendan explicado el origen de la vida por unos indicios que apuntan a un desarrollo evolutivo consistente pero del que no hemos encontrado todavía ni los eslabones claves ni el por qué del salto de eslabón a eslabón; que el conocimiento de las cadenas ADN permite vislumbrar con la posibilidad de curar algunas enfermedades con el convencimiento de que los conocimientos y la técnica nos ponen en condiciones de curar cualquier enfermedad y devolver la salud y la vida a todo aquel que pueda servirse de la ciencia...



Y decimos que es muy grave porque, aparte de representar un mito, una creencia infundada, unas esperanzas vanas, permite a cualquier grupo desaprensivo aprovechar el estado de opinión de las gentes para, a través de la más burda manipulación, conseguir fines inconfesables e ilícitos.


Mal que nos pese no estamos al cabo de la calle y nuestro dominio de la ciencia es más limitado de lo que nuestra soberbia y presunción puedan aceptar. Hemos dado un pequeño paso y nos queda un infinito camino hasta reconocer que nuestros grandes avances consisten en entender algunos de los procesos que la naturaleza sigue (a eso le llamamos pomposamente descubrir las claves de la vida) , acelerar los procesos naturales de cruce genético ( la denominada ingeniería genética), curar viejas dolencias ( revolución de la medicina) y algunas cosillas más. Iniciamos nuestros pasos de aprendiz de brujo y nos sentimos no los dueños del laboratorio más los artífices del origen de los elementos. Tanto hemos avanzado que la humanidad sigue soportando las mismas necesidades y sufriendo los mismos problemas de siempre... lo que da una medida de nuestro extraordinario desarrollo.


Mas volviendo al tema que nos ocupa, como el coeficiente intelectual o cociente intelectual, que también se denomina así, es una media de la razón media entre los procesos efectuados y la edad física de los sujetos de estudio, estrictamente lo que nos va a informar este índice es el rendimiento de los individuos respecto de una serie de actividades que requieren la participación de nuestra inteligencia. Ello nos permite establecer comparaciones entre los diversos resultados de procesos, realizados bajo la influencia de sustancias psicotrópicas o de cualquier otro elemento capaz de alterar en funcionamiento de nuestro intelecto, o sea de la compulsiva actitud de intercambiar información mediante mensajes electrónicos.


En términos comprensibles lo que constata el estudio es que las alteraciones de la concentración mental y la actividad laboral de los empleados se ve más alterada por la infomanía que por el consumo moderado de cannabis sativa. (No hemos de ingnorar que los mensajes electrónicos se realizan dentro y fuera del trabajo pero el consumo de marihuana se efectúa casi exclusivamente fuera de la jornada laboral, dadas las prohibiciones de fumar adoptadas en todos los centros de trabajo). Esta correlación es más lógica y asumible. Desde este enfoque ya no nos sorprenden tanto los datos. Pero a lo que está apuntando el estudio y tal vez debería ser objeto de estudios serios por lo que implica no sólo en relación con un grupo delimitado de profesionales, es el efecto que la dispersión de la atención o la falta de concentración genera sobre el funcionamiento normal de la mente en tareas de aprendizaje, en la toma de decisiones o en el desarrollo de las operaciones mentales ordinarias.




Mayo 2005

3 comentarios:

rrey dijo...

Sin ánimo de ofender ¿conoces el significado de la palabra "párrafo"? XDDDD Se hace realmente dificil leer este (por otro lado magnifico) articulo en el blog.

xmanoel dijo...

No te metas con el pobre corvo, justamente descubrió que su formateo de texto se perdió por nuestra configuración del blogger.

rrey dijo...

No era mi intencion meterme con nadie, simplmente me he quejado :-P.