
La parte cómica del asunto es ver cómo un país del segundo mundo se convierte en la Meca sanitario-analítica de los países europeos más desarrollados. La positiva es que el gasto de la sanidad no se perderá en la atención de nuestros pensionistas sino que también financiará un negocio para cuatro trabajadores listos y emprendedores. La negativa será que dada la rapidez con la que se cuidan a estos turistas medicales no les dará tiempo ni a gastar cuatro duros en souvenirs (miniaturas de hospitales en primera línea, pijamas verdes que enseñan un culo de plástico, toros con estetoscopio...)
Me preocupa que las autoridades sanitarias todavía no haya regulado suficientemente el negocio. Ya se ha comenzado a introducir personal administrativo británico que tiene más don de lenguas internacionales, y con cuatro palabras de castellano que sepan dan servicio. Pero no parece correcto que se permita la explotación directa del mercado por residentes extranjeros con un mayor dominio de las lenguas europeas que el cateto medio español. Dado que sin la esperpéntica actividad médica nacional no sería posible un negocio así, el fantoche autóctono debe tener el derecho a beneficiarse antes que nadie.
También aportaría una idea que pienso podría ser positiva: la importación de médico de cabecera y especialistas de sociedades más desarrolladas. Implicaría organizar mejor la exportación de nuestros licenciados en medicina (librándonos de incompetentes lingüísticos) y la posibilidad de ampliar las estancias turísticas. Montar consultas en zonas de costa y rodearlas de ambientados puestos hosteleros; algunos especializados en manjares locales y otros de cocina terapéutica dando caza a la buena voluntad que uno tiene al saber que se está muriendo. Además, la remodelación podría financiarse con una tasa médica de un simbólico euro ó libra (para tener un detalle con uno de los públicos más fieles) que financie los primeros años del programa, pues traer a especialistas afincados en el extranjero supondrá un pequeño coste extra.
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